Florian Henckel von Donnersmarck, 2006
Hace ya mucho tiempo, tanto que parece que nunca hubiera sucedido, vivíamos en un país donde el Estado tenía el monopolio de la verdad y el cinismo y la opresión sofocaban con su sombra todo indicio de dignidad. Esa finca se llamaba República Democrática (!) Alemana o RDA. Nosotros, los miembros de la Stasi, su siniestra y omnisciente policía política, éramos la espada y el escudo del régimen. Debíamos saberlo todo, controlarlo todo, husmear cualquier atisbo de disidencia y reprimirla por cualquier medio necesario. Eran tiempos deshumanizados, tristes y grises, una muestra de las simas de la indecencia a que puede llegar el hombre en su persecución del hombre, pero era un trabajo que alguien tenía que hacer.
Llegamos a ser más de 90.000 y a tener unos 300.000 informantes, es decir, uno de cada cincuenta alemanes orientales colaboraba con nosotros. Éramos los fontaneros del régimen, peones de una maquinaria de manipulación e intimidación, cotidianos asesinos de la esperanza. Perseguíamos a los artistas, a los discrepantes, a los poetas, esos “ingenieros del alma” en palabras del hermano Stalin. Los sentimientos y la moral eran sepultados bajo el tonelaje de un sistema embrutecedor que, sin embargo, nunca cuestionamos. El talento y el ingenio eran puestos al servicio de la represión, y en esto alcanzamos cotas de sofisticación inimaginables.
Ahora, con la perspectiva de los años pasados, me planteo si todo aquel horror no era sino el reflejo de un vacío y una podredumbre internos. ¿Y si espiar, sabotear, amedrentar, secuestrar y matar estuviera mal? ¿Y si en el fondo todo lo que sentía era envidia, envidia de lo que otros poseían y yo nunca tendría? En la tierra del socialismo real, las dudas y las flaquezas eran zonas pestilentes, amenazas de grieta en el cuerpo de un sistema monolítico, y yo empecé a sentirlas después de años de metódica y ciega obediencia. La historia de este momento debería ser contada con el arma de una emoción callada y contenida pero profunda y progresiva. Enfrentado al tapiz sonoro de unas hermosas notas musicales, descubrí que podía llorar ante la brutalidad tanto del atropello como de la belleza, y ese fue el principio de mi fin como lacayo del Estado.
El 9 de noviembre de 1989 cayó el Muro de Berlín y, con él, todo un mundo llegó a su ocaso. Aun empleado del gobierno, trabajaba en las catacumbas del sórdido y aburrido departamento de espionaje epistolar, pero hacía mucho que era ajeno a la doctrina del régimen, a su intolerancia y su mesianismo, resignado a una vida gris como el cemento de aquel edificio oscuro, cuartel general de la Stasi, desde el que se manoseó el destino de todo un pueblo.
Mi nombre es Wiesler y soy cartero.